Por qué los #educlcorantes hacen engordar?

Por qué los edulcorantes hacen engordar
Un importante estudio controlado realizado en Estados Unidos con mujeres demostró que quienes consumen edulcorantes artificiales ganan más peso al año que las personas que no los consumen. Aún más sorprendente es el hallazgo de que, a pesardel uso cada vez más extendido de edulcorantes, el consumo de azúcar ordinario y de
producías azucarados también ha aumentado. En otras palabras, cuantos más edulcorantes artificiales se consumen, tantas más ganas de comer se tienen, por lo que cumplen al pie de la letra su finalidad patentada como «potenciadores del apetito».
Existen pruebas contundentes que demuestran que estos venenos alimentarios nos hacen engordar. Las investigaciones realizadas en la Universidad de Purdue revelaron que un grupo de sujetos  experimentales alimentados con edulcorantesartificiales consumieron posteriormente el triple de calorías que los que recibieron azúcar normal. Según dicho estudio, engorda mucho menos tomar azúcar que edulcorantes artificiales, aunque tomar gran cantidad de este azúcar normal tampoco es bueno para nadie.
La mayoría de médicos convencionales recomiendan a sus pacientes con sobrepeso que tomen bebidas gaseosas light, Low-N-Sweet, etc., para perder peso, pero, en realidad, su consejo hace que los afectados devoren calorías e hidratos de carbono insalubres. La epidemia de la obesidad se extiende como un incendio en
verano desde que se popularizaron los alimentos y bebidas light. Este misterio tiene su explicación. El cuerpo dispone de un mecanismo autorregulador, una especie de termostato
que mide la cantidad de energía (o calorías) que le aportará determinado alimento. Cuando el cuerpo ha recibido suficiente energía de los alimentos que ha ingerido, la boca, el estómago, los intestinos y el hígado envían mensajes al cerebro que indican que las necesidades energéticas están satisfechas. Acto seguido, nuestro sistema nervioso segrega hormonas que nos hacen sentimos saciados.
Este punto de saturación es fundamental para nuestro bienestar, pues si no fuera por él, siempre tendríamos ganas de comer y nunca nos sentiríamos llenos. Por ejemplo, si en el almuerzo o en la cena se ingieren alimentos que contienen muy poca energía, o al menos no la suficiente para satisfacer las necesidades del cuerpo, entonces éste tentará a comer más en la siguiente ocasión. De este modo, el organismo compensa la pérdida de energía de la comida anterior. Lo mismo ocurre cuando el Agni o poder digestivo está bajo y no se extrae suficiente energía de los alimentos ingeridos.
Por otro lado, cuando en el almuerzo o en la cena se ingieren  alimentos con un contenido mayor de calorías que las que se precisan realmente en ese momento, el cuerpo indicará que conviene tomar menos energía en la siguiente comida.
El cuerpo hará todo lo posible por mantener el «punto de equilibrio» individual de distribución de la energía. Cada vez que uno se priva de comer lo suficiente y no satisface las necesidades energéticas del cuerpo, al día siguiente estará buscando más comida, y así sucesivamente. Esto da lugar a una sobrealimentación crónica,
que llena nuestro tracto intestinal de gran cantidad de alimentos poco energéticos.
Dado que el cuerpo es incapaz de digerir y absorber adecuadamente los alimentos bajos en energía, los convierte en grasa y residuos que obturan los sistemas linfático, digestivo y circulatorio.
Entonces el cuerpo envía la señal de que tiene «hambre». Así, se empieza a devorar alimentos, en particular hidratos de carbono refinados como azúcar ordinario, chocolate, bebidas dulces, café, etc., que proporcionan una buena dosis instantánea de energía. Pero estos productos también contienen tan sólo energía «vacía» y no hacen más que aumentar el nivel de azúcar en sangre durante unos
instantes. Al cabo de un rato, el nivel de azúcar desciende por debajo de lo normal, causando depresión, tristeza y agotamiento.
Si uno tiene sobrepeso y piensa que puede adelgazar si reduce la ingesta diaria de calorías, sin duda, quedará decepcionado. Al cabo de unos días, el cuerpo habrá agotado sus reservas de energía y querrá comer, con el consiguiente aumento del apetito. Si se sigue sin comer lo suficiente, caerá en la depresión, lo que puede provocarle una voracidad irresistible. El cuerpo intuye que se producen ayunos periódicos y trata de convertir una parte de los alimentos en depósitos grasos a fin de estar preparado para el próximo. Después de cada «ayuno voluntario» o dieta «adelgazante», se aumenta de peso con mayor rapidez que la vez anterior. Éste es el conocido «efecto yoyó».
En circunstancias normales, el cuerpo convierte las calorías en calor, el cual después simplemente se evapora. El tejido graso bien irrigado y de color marrón que se halla alrededor de las grandes arterias y en los antebrazos es la fuente principal de esta energía. Investigaciones recientes indican que en algunas personas obesas, este mecanismo puede estar distorsionado y que las mejores normas dietéticas no
les servirían de nada. Es posible que el abuso del sistema digestivo del organismo mediante dietas estrictas sea la principal causa de este problema.
Puesto que los edulcorantes artificiales son alimentos bajos en energía y no fisiológicos, el cuerpo los trata del modo anteriormente descrito. Reconoce su carencia absoluta de energía potencial y los califica de «hipoenergéticos». Con este mensaje estimula el deseo de comer más. Se trata de una práctica conocida y de uso común, tanto en la industria alimentaria como en la fabricación de piensos.
Estos últimos contienen elevadas concentraciones de sacarina para estimular el apetito del ganado, de modo que los animales comen con mayor frecuencia y engordan con mayor rapidez. Este mismo mecanismo se produce tanto en adultos como en niños.
Alimentar a los niños con productos dietéticos en vez de con aquellos que conservan todo su valor calórico puede dar pie a una sobrealimentación y causar obesidad en la época de crecimiento, según un informe de 2007 de la Universidad de Alberta, en Canadá. El investigador jefe de este estudio, el profesor David Pierce,
declaró que «a juzgar por nuestros hallazgos, para los niños lo mejor es tomar dietas sanas y equilibradas con calorías suficientes para sus actividades cotidianas, y no tentempiés o comidas bajas en calorías

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