La manipulación del #cuerpo en los medios masivos de #comunicación

Disfraces_Sexys

Angel Rodríguez Kauth*

Durante los últimos diez o quince años, se ha puesto de moda en el mundo intelectual y en la población general la crítica teórica acerca de la influencia de los medios masivos de comunicación en cuanto a su capacidad para interferir, seducir, construir y reformular ideas, valores, visión del mundo y, en
consecuencia, las pautas de comportamientos que son habituales de las personas. Es a partir de ellos que se construyeron nuevos mitos sociales, a la par que se derrumbaron arraigadas tradiciones colectivas y se transformaron hábitos culturales. Pero este no es un fenómeno original: antes de la existencia de los medios masivos de comunicación también ocurrieron episodios semejantes; en todo caso, lo que debe asombrar es la velocidad con que se produjeron tales mutaciones axiológicas. Esto tampoco es de extrañar mayormente, ya que el mundo contemporáneo vive inmerso en la era de la aceleración, y los medios solamente facilitan que los cambios que un siglo antes demoraban años enteros e incluso décadas en ocurrir, hoy se producen en meses, semanas o días.

Este escrito se referirá a sólo un aspecto particular del papel de los medios de comunicación masiva en los sujetos particulares y en los colectivos sociales: el que se refiere a la manipulación del cuerpo en su vertiente estética, y la pretensión de garantizar la plena salud y la recuperación de la juventud perdida, o la posibilidad de vivir en una “eterna juventud” aunque el organismo ya no tenga las capacidades de antaño. Sin duda, los medios de comunicación ofrecen a diario miles de ejemplos de reclamos —desde ellos mismos o desde sus anunciantes— para que las personas modifiquen su apariencia externa en función de la demanda que les proponen los medios, presentando para tal fin figuras gráciles y esbeltas como los modelos de la cultura física.

Vale acotar que en la actualidad tal mecanismo de manipulación apunta a mujeres y hombres, jóvenes y ancianos, sanos y enfermos; todos son potenciales compradores de la imagen de belleza que se vende por los medios a partir de los inmensos intereses económicos puestos en juego desde las empresas que comercializan tales instrumentos, prendas de vestir, ejercicios, medicamentos y demás. El culto del cuerpo, en su manifestación externa desde el punto de vista de la salud o la estética, es una de las expresiones humanas más potentes hoy día. De igual modo, tal veneración es acompañada de una absoluta desinformación —o desinterés— por lo que ocurre con la “caja negra” que comanda las operaciones corporales, es decir, con lo que sucede puertas adentro de la cavidad craneana, bien cuidada hacia su exterior en cuanto a pilosidad y tinturas.

Y en esta atención que se presta sólo a lo exterior, a lo físico, de alguna manera se reconoce un parentesco con el biologicismo, que sirvió de basamento a la “filosofía” del nazismo (si es que se puede hablar de filosofía en tan escaso bagaje de ideas) en cuanto a lo que Levinas llamaba la reinstauración de la “existencia natural”, de lo que surge la renegación de la renovación y autonomía del espíritu. La filosofía del nazismo es, para este autor, la más elemental forma de ligazón del hombre con su estructura biológica, la que lo determina de un modo tal que termina por orientar su actuar en el tiempo en una suerte de “desapego del alma”, que lo conduce a atender únicamente a la conciencia concreta que se expresa a través de lo corpóreo. El nazismo fomentó una sujeción pasiva a las determinaciones de lo dado biológicamente —la raza—, que es lo que se puede observar exteriormente del hombre, y es así como el culto del cuerpo se convierte en el objeto de ser del individuo. De este modo, notenemos un cuerpo sino que somos el cuerpo. Al reducir la identidad del Yo a la del cuerpo —lo biológico—, con todo lo que comporta de fatalidad, se vuelve algo más que un objeto de la vida espiritual: el núcleo mismo.

Simultáneamente a ese cúmulo de ideas ramplonas que transmitía el nazismo, coexistió un conjunto de filósofos e ideólogos que actualizaron el valor de lo espiritual sobre lo meramente material, de la inteligencia sobre el cuerpo. Mas cuando las luchas dejaron de ser ideológicas debido a que en el mundo se impuso un pensamiento único, entonces se dejó de prestar atención al valor de las ideas, a lo espiritual, para hacer una vuelta de campana —en lenguaje náutico— con el retorno a lo material, testimoniado por la apariencia externa.

La decadencia o miserabilidad de las ideas es un fenómeno posterior a la aparición en la escena del mundo contemporáneo del posmodernismo, y así como Fukuyama habló sin ambages del fin de las ideologías, del mismo modo hay una debilidad casi total de las ideas que elevan al pensamiento a una categoría socialmente valorada. El acto de pensar resulta ser un paso de enlace entre el pasado y el futuro; pero en la época de lo “post”, el pasado fue y el futuro no interesa; solamente el presente es valioso y se ha convertido en algo indispensable.

Ello no significa que cuerpo y mente sean dos elementos disociados dentro de la persona. En la antigua Grecia, y también en el Imperio Romano, se tuvo en cuenta que solamente se podía tener un cuerpo sano dentro de una mente sana, es decir, el cuerpo será esbelto y saludable cuando esté acompañado de un cerebro que “piense” y que no sea un mero reservorio de ideas prestadas. Cuerpo y mente no son dos elementos contradictorios dialécticamente, sino que son partes complementarias de un todo indivisible, el cual se complementa e integra en el Otro, con él y los otros.

Erich Fromm se planteaba una requisitoria: “¿Qué tipo de hombre […] requiere nuestra sociedad para poder funcionar bien, sin roces?”. A tal requisitoria él mismo respondía:

Necesita hombres con los que se pueda cooperar fácilmente en grupos grandes, que quieran consumir cada vez más y que tengan gustos normalizados. Necesita hombres que se crean libres e independientes, no sometidos a ninguna autoridad, ni principio, ni moral, pero que estén dispuestos a recibir órdenes, que hagan lo que se espera de ellos y que encajen sin estridencias en la maquinaria social; hombres gobernables sin el empleo de la fuerza, obedientes sin jefes y empujados sin más meta que la de seguir en marcha, funcionar, continuar.

Volveremos más adelante a los análisis y conclusiones de tan insigne pensador.

Es ineludible en este punto recordar a Goffman, quien hablaba de que la persona se presenta y hace su entrada en la vida cotidiana a través de su cuerpo. En otra obra, advierte que existen cuerpos estigmatizados, es decir, cuerpos que por sí mismos advierten de las falencias o virtudes de su portador
frente al que se hace la representación. No es menos cierto que, por una suerte de contactocategórico, los cuerpos agradables a los sentidos —oportunamente moldeados por la cultura— serán más rápidamente aceptados y reconocidos por el interlocutorde turno.

La ilusión adquirida

Volviendo al tema central, ha de señalarse que los medios masivos de comunicación sirven de intermediarios para invitar solícitamente a las personas a que traten de alcanzar un ideal de belleza corporal afín con los intereses de los anunciantes. Y todo eso lo realizan a partir de la publicidad (el brazo derecho de los mass media), la cual utiliza a personajes conocidos por el gran público como “modelos publicitarios” —ya sea a través de los desfiles de modas o del exhibicionismo de ídolos deportivos, actores, políticos y demás, de lo que comúnmente se conoce como la “gente linda”, o, como se la conoce en el ambiente, la gente fashion—, para que el público se haga cargo de la oferta propuesta en sus pasarelas (fiestas, notas periodísticas en revistas de actualidad, etc.) como ideal de vida a imitar o seguir, siempre de manera acrítica, confundido entre la masa y como uno más, sin identidad propia, salvo la que le ofrece el hecho de consumir una camisa, un refresco, una marca de cigarrillos “que marque su nivel”; nivel que, en última instancia, es el nivel de todos los que lo consumen, es decir, un nivel igualado por el rasero multitudinario de la nada. De alguna manera, estos mecanismos permiten retrotraernos al ideal oligárquico imaginado en 1901 por Gabriel Tarde, para el cual se conjugan en la multitud la unanimidad y el anonimato que, al igual que en el coro de la tragedia griega, la voz de los cantantes es la de todos y ninguno.

De este modo, la exhibición sostenida en las pantallas de televisión y en los anuncios gráficos de imágenes con cuerpos que ejemplifican la vitalidad y la jovialidad, a la vez que anuncian técnicas y métodos de remodelación anatómica —aun en los jóvenes que no lo necesitan—, sirve para movilizar a las multitudes con promesas extraordinarias y múltiples ejemplos del éxito que lograron quienes siguieron a pies juntillas los tratamientos promovidos por el anunciante. Normalmente, lo que se ofrece es la prolongación o la recuperación de la juventud, el retorno al vigor corporal —inclusive a una actividad sexual que nunca antes se tuvo— y, como no podía ser de otra forma, a la satisfacción de placeres hedonistas inmediatos que los potenciales consumidores llevan impresos en sus conciencias como faltantes que deben ser llenados. Es decir, se está vendiendo una ilusión de algo que no se podría conseguir de otra forma.

Disfrazados sin carnaval

La propaganda comercial tiene por objetivo intentar convencer a cada uno de los consumidores del producto objeto de sus anuncios que solamente él es el responsable de su apariencia física y de la posibilidad de gestarse para sí una mejor traza exterior, lo que logrará siempre y cuando siga las indicaciones del vendedor, lo que significa que debe comprarlo y continuar consumiendo el producto ofrecido como la gran panacea. Los mass media no respetan las características del cuerpo con que cada uno de nosotros hemos sido dotados; si queremos estar insertos en el mundo y ser exitosos, es preciso que estemos provistos y sigamos meticulosamente los cánones que la moda crea y recrea para imponerla diariamente. Si no lo hacemos así, entonces no estaremos en el mundo, pareceremos marcianos o, como dicen los versos del poeta argentino E.S. Discépolo, “disfrazados sin carnaval”, lo que, sin duda, a nadie le ha de resultar agradable
.
Los instrumentos mediáticos ofrecen los recursos a partir de los cuales es posible aproximarse a los modelos de vida ofrecidos. El intento aparece como sencillo para el que lo quiera poner en práctica. Simplemente hay que adoptar las normas de vida propuestas, las cuales se mediatizan a partir del consumo permanente y carente de toda crítica de los productos promovidos, como vestimentas de las marcas “que marcan” el estar a tono con lo que se reclama desde la moda, las que, por otra parte, llevan un logotipo de manera bien visible; el uso de cosméticos que resal tarán los rasgos más favorables y que simultáneamente ocultarán aquellos nos son propios1; la utilización durante las comidas de alimentos “naturales” o dietéticos (light), como una forma más de mantener la línea de la esbeltez pretendida; tener hábitos de vida que se desarrollen al aire libre, y, a no olvidar, el ejercicio constante de prácticas deportivas2. Asimismo —y para no ofrecer algún flanco débil a una complicación física o de salud—, es indispensable seguir las recomendaciones médicas que proponen los profesionales de la medicina por los mas media, a la par que es prudente que, si usted tiene más de cuarenta años, vaya pensando en una cirugía plástica que le borre las arrugas que le ha dejado el paso de los años y que son el fiel testimonio de sus alegrías y tristezas. Esto último también suele ser aconsejado por médicos que se presentan ante la pantalla de televisión acompañados de vedettes para mostrar cuántas maravillas se pueden hacer en la cara y en el resto del cuerpo.

Todos estos hábitos y prácticas, que se deben incorporar aun con grandes sacrificios físicos, psicológicos y económicos, son imprescindibles para gozar de un supuesto bienestar que le ha sido sugerido para lograr la ansiada felicidad, alcanzar la anhelada realización personal y llegar al status social pretendido. ¿Y todo esto para qué? Pues para lograr el placer de vivir, para sentir que estar vivo es una gracia que se ha comprado con diferentes proveedores que le han hecho el “favor” de pensar en usted y que trabajan para eso. Y en cuanto a los “favores” recibidos de manos de los profesionales médicos, estos, por una módica suma de dinero, le facilitan la posibilidad de adquirir lo que, siendo un verdadero instrumental de torturas —aunque recetado por ellos—, se ha convertido en una placentera maquinaria para bajar de peso y lograr así lucir una silueta elegante y acorde a la delgadez que impone la normativa actual, es decir, el canon de la belleza física. Este artilugio no solamente se ofrece a través de los medios; también se puede obtener en las librerías, siempre bajo el amparo científico de un sello editorial, aunque no sea de renombre. Para el caso, nada mejor que ejemplificar lo anterior con el texto El ayuno terapéutico. El método Buchinger para la salud del cuerpo y del espíritu (1998), el cual le propone al lector aprender a privarse de alimentos con solamente desembolsar dieciocho dólares.

Mens sana in corpore sano

De las múltiples contradicciones que ofrece la publicidad comercial sólo hablaremos un poco. El objetivo que se nos propone es que llevemos una vida saludable, aunque seamos infelices. Pese a este argumento sanitarista, los medios de comunicación se abarrotan de publicidad de cigarrillos y diferentes clases de alcoholes. Sin duda, ambos productos son tóxicos y no hacen precisamente un bien a la salud física, pero el negocio es ofrecerlos. Usted será el que corra todos los días tres kilómetros en una pista de atletismo y luego se fume tres pitillos y se tome un buen vaso de whisky escocés (sin agua, para no oxidarse). Listo, ya ha cumplido con la obligación deportiva, eso sí, siempre enfundado en un traje de corredor de una costosa marca comercial; los cigarrillos y la bebida también los vio en algún aviso comercial como productos que consumen los “machos” exitosos en cuanto se trata de hacer dinero fácil, así como los personajes famosos del espectáculo o del deporte. La contradicción observable es absoluta y flagrante, pero ella se plantea en los múltiples términos en que se expresa la banalidad. Para estas formas de concebir la actividad económica, realizar alguna práctica deportiva no significa un placer en sí mismo, ya que debe ser hecha bajo un estricto control de esfuerzos y tiempos, con lo cual el “placer” de correr detrás de una pelota del juego que sea se pierde por el control obsesivo que debe lograr gracias al aparato que mide sus pulsaciones cardiacas, presión arterial, nivel de estrógenos, glucosa y hasta eyaculaciones precoces y lentas, el cual también ha adquirido gracias a los mass media.

Simultáneamente, se nos dice que “debemos” buscar y hallar el placer de vivir, pero se nos castra ese objetivo. Si usted está jugando un partido de tenis y se encuentra en el tercer set igualado en seis, deberá suspenderlo debido a que ya se le cumplieron los cincuenta minutos que el médico le indicó que debía jugar. El retirarse de la cancha no le producirá ninguna satisfacción psicológica, pero esas son las reglas que impone tener una “buena” salud física, como si tal fuera el fin último de estar en una cancha de tenis. Aquella
sentencia latina de Juvenal que decía mens sana in corpore sano solamente sirve en la actualidad para colocarla como un adorno en los frontispicios de las instituciones deportivas.

Compita usted contra usted

De todo lo dicho hasta este punto, es posible observar que los medios han terminado por convertirse en un fin en sí mismos. Un cuerpo rebosante de salud no es más que el recurso para gozar de la vida de una manera plena y abarcadora de todas sus facetas: emocional, intelectual, social, espiritual y hasta físicamente. Pero el fin no puede estar instalado solamente en el último de los lugares mencionados; si así lo hace, entonces se ha desvirtuado el objeto de la satisfacción de vivir la vida de una manera auténtica y plena.

En el marco de las condiciones descritas arriba, la exigencia para desarrollar las aptitudes físicas y la belleza corpórea se va convirtiendo para el sujeto —sujetado a estas disposiciones— en una suerte de competencia interminable consigo mismo. Y todo para lograr un mejor récord individual o una mayor admiración por parte de aquellos que se quedan atónitos frente a un cuerpo escultural o una belleza despampanante. En síntesis, puede afirmarse que la belleza corporal es egoísta y que se adquiere para mostrarla a los otros; el placer por el empeño puesto en realizar los ejercicios físicos no empieza y termina en el interior del individuo que los ejecuta, sino que sólo se logra cuando se ha podido sacar una exclamación de admiración en aquellos que observan. Y en este ideal físico tan frívolo, la competencia consigo mismo nunca finaliza, sino que se reinstala a partir de cada logro obtenido satisfactoriamente. En otras palabras, en todo este “juego” —al cual el lector podrá añadir sus propias experiencias— existe una suerte de mezcla perversa, confusa y difusa de narcisismo y de exhibicionismo.

Pero, quiérase o no, el cuerpo humano es una máquina —como lo afirman los fisiólogos— que, como toda maquinaria conocida, sufre irremediablemente de lo que la ingeniería denomina “desgaste de materiales”. Por más que se le cuide, por más atenciones que se le preste, el organismo está llamado ineluctablemente a desgastarse en sus articulaciones, en sus órganos, en la composición de sus células epidérmicas e internas. Es así que cuando sobreviene la inevitable vejez, que se percibe por el decaimiento orgánico consecuente, la competencia comenzada a instancias de los mass media se termina viviendo como una derrota ante lo que los otros pueden hacer o lucir y lo que ya no podemos hacer ni exhibir. De ahí a los sentimientos de frustración y desazón hay un pequeño y corto paso; lo peor es que no se tienen en ese momento los instrumentos o mecanismos emocionales e intelectuales que puedan ayudar a superar la situación de depresión y abatimiento con la que se tropieza, a la par que las personas son ya incapaces de buscar los sucedáneos óptimos que reemplacen la frivolidad juvenil con la serenidad emocional e intelectual que supone trae consigo la madurez y la vejez. A partir de ese reconocimiento, es que aparece la senectud como algo ominoso y execrable.

La edad dorada

En verdad, la vejez sobreviene con un acompañamiento de achaques de diferente naturaleza, pero también es cierto que t iene muchos aspectos que pueden ser aprovechados. Obviamente, todos preferiríamos mantenernos jóvenes y esbeltos, pero no hay que ser muy despierto de entendederas como
para no saber que, si no se tiene el tino de morirse antes, la ancianidad ha de llegarnos a todos por igual. Al respecto, aquel sabio pensador argentino que fuera José Ingenieros decía que “no se nace joven: hay que adquirir la juventud. Y sin un Ideal, no se adquiere”; sin duda, cuando el Joven Maestro hablaba de Ideal (así, con mayúscula), no se trataba de un ideal que pudiera lograrse merced a la belleza física, sino que en todo caso apuntaba sus cañones a la belleza del espíritu. Si bien ésta no se encuentra en contradicción directa con la belleza física —y al efecto hay que recordar las enseñanzas de Platón—, es posible sin embargo observar de modo empírico que en la medida en que mayor esfuerzo se pone en atender los aspectos corporales, menor es la intensidad del esfuerzo que se aplica al cultivo del intelecto. Y viceversa. Quizá esto obedezca, por aquello del decir aristotélico, a que es muy difícil transitar sobre los estrechos andariveles del justo medio.

Por otra parte, tampoco debe olvidarse lo que ya señalara Michel Foucault acerca de que, en la historia de la humanidad, el cuerpo ha sido el espacio sobre el cual se infligieron los mayores castigos a las personas; esto ha sido —y continúa siendo— la forma de establecer y profundizar la sujeción, la dominación, la obediencia y la humillación del ser humano por parte de quienes obtienen placer en la aplicación de tales tormentos. En la contemporaneidad, la modernización de la tecnología ha conducido a que no se castigue más en forma directa a alguien mediante un agente externo al propio cuerpo; ahora se autocastiga el propio sujeto rechazándose a sí mismo si no llegase a cumplir con todos y cada uno de los patrones o cánones establecidos acerca de la belleza estética y física que han sido puestos en vigencia por los mandamases de las modas y del consumo, los que sacralizaron al mercado. La mejor forma de venerar a éste es practicando el consumo de lo que se ofrece en las marquesinas, pobladas de diferentes productos que terminan satisfaciendo una misma necesidad.

Es por ello que los hombres y mujeres que han entrado en el nuevo milenio viven en una mezcla de satisfacción versusinsatisfacción permanente. Ello se debe en buena parte a que nunca se ha de terminar la tarea de elaborar y reelaborar la apariencia exterior para los dispositivos de performance del cuerpo.

“Ser o no ser”
No quepa duda de que esto mismo ocurre con la tarea siempre inacabada de “llenar” los contenidos del cerebro; mas en este caso nadie cree que pueda ser capaz de cumplir con la tarea de un imposible de tal naturaleza, y esa es,
paradójicamente, la certeza de los intelectuales.

En cambio, las demandas que le son impuestas al organismo en su estructura corpórea se presentan originalmente como limitadas, aunque luego, y con el correr del tiempo, aparezca la satisfacción/frustración como fenómeno individual y social en forma constante.

El resultado de todo lo descrito es múltiple y variado tanto en la aparición de psicopatologías (la anorexia y la bulimia son las dos formas de hacer su presentación que tiene el síntoma histérico por estos días), como en el espacio de las relaciones interpersonales cotidianas.

Es así que los asaltos, robos y hurtos han hecho presencia de modo inusual en la historia de la criminología porque debe robarse a los demás la ropa que utilizan o las zapatillas que calzan, toda vez que tales artículos están de moda y que el protagonista de tales actos carece del dinero suficiente para adquirirlos. En esta concepción tan particular, solamente se es (se existe, se está en el mundo) si se utiliza lo que es avant-garde en el vasto mercado del consumo, en las ofertas de todo tipo que inundan las góndolas de los comercios y las marquesinas de colores, cuya publicidad determina quién “existe” o no. Como ocurre en el monólogo shakespeariano —aunque salvando el contenido con que el dramaturgo le dio profundidad ontológica—, “ser o no ser” es la consigna de los tiempos, y solamente se alcanza el ser cuando se posee una apariencia exterior envidiable.

Fromm concluye sus pensamientos sobre el tema advirtiendo:

En esta nueva sociedad de la segunda revolución industrial el individuo desaparece. Queda completamente enajenado. Está programado por los principios de la máxima producción, el máximo consumo y el mínimo roce. Y trata de aliviar su aburrimiento con toda clase de consumo, comprendido el consumo de sexualidad y estupefacientes. Y de esto ha servido la tentativa de dar un buen funcionamiento al hombre, como parte de la megamáquina, junto con la posibilidad de utilizar la neurología y la fisiología para hacerle cambiar de sentimientos, además de manipular su pensamiento mediante las técnicas de sugestión.

La bioética contemporánea

Unos párrafos finales, asociados con la profunda reflexión de Fromm, merece el tema de la bioética, tan puesta hoy de moda, la misma que se ocupa y preocupa por buscar y poner límites al conocimiento humano, pero que nada dice acerca de la ignorancia —y de la necesidad de sustraernos de ella— de aquellos que todavía continúan creyendo en aquellas formas de superchería mágica que he venido describiendo.

Europa, para quien según una amplia gama de tratadistas es la cuna de la civilización3, se rasga las vestiduras por los avances científicos que están en camino de posibilitar que la biología molecular y la ingeniería genética, entre otras tecnologías, puedan manipular el devenir de la vida y de la muerte. Para ello, para expresar su preocupación, celebraron con bombos y platillos en 1998, desde la cúspide del Consejo Europeo, una Convención acerca de los Derechos Humanos sobre Biomedicina. Obviamente, sus resultados fueron que hay que poner algún tipo de límites éticos a los desarrollos biotecnólogicos. Sinceramente, debo confesar que la idea sostenida por los talentosos científicos que participaron en ese conciliábulo me parece por lo menos descabellada, propia de la ideología que animó al Tribunal de la Santa Inquisición durante la Alta Edad Media y que perduró durante los siglos posteriores, durante los cuales montó espectacularmente la quema de muchísimas personas.

También esos “santos” inquisidores se propusieron poner límites al conocimiento científico; al respecto, recuérdese solamente el caso de Giordano Bruno, quien fuera quemado vivo en 1600 en la católica y pontificia Roma por haber cometido la herejía de expresar sus pensamientos acerca de la ciencia; o también los casos de Galileo Galilei y Nicolás Copérnico, que se salvaron de la incineración porque el primero abdicó públicamente de sus ideas acerca del movimiento de los cuerpos celestes, mientras que el segundo las presentó de tal manera que dejaron satisfechos a los sacros cardenales de entonces.

Los inquisidores de antaño realizaron sus prácticas perversas bajo el amparo de la santa fe católica, apostólica y romana. A diferencia de aquellos, los inquisidores contemporáneos lo hacen bajo el amparo de la moral que sustentan y del futuro de la humanidad a la que dicen que quieren proteger. Es cierto, siempre existen buenos y saludables argumentos para encubrir los propósitos que nos animan, aunque estos no sean más que muestras inacabadas de impotencia frente al avance de la verdad y el conocimiento.

Sin embargo, poco y nada efectivo hacen aquellos beneméritos personajes con temporáneos en función del tan loable proyecto de proteger el futuro de la especie humana. En realidad, nada hacen con respecto a limitar la destrucción ecológica del planeta por parte de los poderosos o, mejor aún, para poner un límite a la falta de ideas directrices (o de “ideas fuerza”) que hagan posible trascender el estado de imbecil idad colect iva por el que transitamos.

A estos inquisidores de la contemporaneidad poco les importa el cuerpo como soporte de las veleidades frívolas por las que es demandado desde un exterior meramente comercial, el que acaba por convertirnos en personajes dirigidos “desde afuera”, como dice Riesman. Poco les preocupa la carencia de pensamientos fuertes que lleven a la población a pensar en algo más que en la mera sensualidad hedonista para el cultivo de lo físico-corpóreo. Verdaderamente, espero que quienes se hallen al frente de tales cruzadas moralizadoras de la ciencia y la tecnología empiecen a pensar que no solamente es posible manipular genes o embriones, sino que también se manipulan personas adultas en aras de intereses bastardos y hasta prostituidos por el trasfondo comercial en que se sustentan. El día en que se pueda escapar al monopolio de la atención sobre el llamado “pensamiento único” como estructura anquilosada de mover las células grises, estimo que no van a ser necesarias las convenciones internacionales para evitar la destrucción de la humanidad, pues cada uno será capaz de cuidarla y protegerla desde la ética de la responsabilidad que le cabe en el lugar que ocupa en el mundo, más allá de su esbeltez, belleza o fealdad física corporal.

*Proyecto de Investigación Psicología Política, Facultad de Ciencias Humanas, Ejército de los Andes 950, 5700 San Luis, Argentina, correo electrónico: akauth@mailbox.unsl.edu.ar.

Para el lector interesado
Buchinger, R. (1998). El ayuno terapéutico. Madrid: Integral.
Estefania, J. (1997). Contra el pensamiento único. Madrid: Taurus.
Fukuyama, F. (1989). ¿El fin de la historia? Buenos Aires: Babel.
Ingenieros, J. (1913). El hombre mediocre. Buenos Aires: Mar Océano.
Riesman. D. (1950). La muchedumbre solitaria. Buenos Aires: Paidós.
Rodríguez-Kauth, A. (1991). Recursos psicológicos utilizados por la propaganda. Idea (San Luis, Argentina), 9: 124-145.
— — — — — —. (1997). De la Realidad en que Vivimos… y otras cosas. San Luis (Argentina): Editorial Universitaria.
Sartre, J. P. (1943). El ser y la nada. Buenos Aires: Losada.
Shakespeare, W. (1601/1997). Hamlet. Madrid: Cátedra.
Tarde, G. (1901/1986). La opinión y la multitud. Madrid: Taurus.

1 En el lenguaje de José Ingenieros (1900), podría traducirse como simular que se posee lo que no se tiene y disimular aquello que se tiene, pero que no es prudente mostrarlo.

2En esto hay que resaltar que la práctica de deportes requiere hacerse con los aditamentos que usan los campeones, aunque apenas se esté aprendiendo a jugar, y con las vestimentas acordes con cada práctica deportiva; sobre todo, es preciso que sea muy notoria la marca comercial.

3Pero que no se debe olvidar que ha sido el espacio geográfico y cultural en el cual se produjeron las mayores matanzas de seres humanos durante el siglo XX

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